El Centro "Plaza del Estudiante", intersticio entre el lindero sur del "barrio bravo" y el primer cuadro de la ciudad de México.
Dedicado a dar atención a personas sin hogar, muestra en su exterior el número 20. Las instalaciones en que opera fueron inicialmente la cárcel de El Carmen. Su infraestructura la constituye una superficie de 3,500 m2, y actualmente, una capacidad real de alojamiento para 430 personas, distribuidas en cinco dormitorios nominados por letras, y otro al que más comúnmente se llama “área de no transitorios”. Lo que fueron celdas mantiene aún su arquitectura con excepción de los enrejados, los cuales fueron retirados y dejados sin puertas por lo que carecen de privacidad. Se conservan las camas de concreto empotradas a los muros típicas de los centros de reclusión, seis camas apiladas a modo de literas triples sobre los muros laterales en cada “celda” que mide 2.5 x 3.0 metros; además, dos o tres colchones son tendidos en el piso bajo las camas inferiores y en el pequeño corredor que queda al centro; otras áreas amplias usadas como dormitorio permiten la instalación de literas, catres y colchones que también se tienden directamente en el piso.Aparte de los dormitorios, se han adaptado espacios para un comedor, un consultorio médico, tres distintas áreas de oficinas, un “Guarda pertenencias”, una lavandería, un patio, y un área techada en el patio que cumple la función de foro, sala para impartir talleres o para ver televisión a la que se llama “Centro de día”.
Describiendo un poco lo que como parte de su hacer cotidiano uno de los usuarios del lugar pasa diariamente, sigamos por ejemplo un caso cualquiera al que refiero aquí con el nombre de Adrián, quien es un usuario regular catalogado entre muchos como “psiquiátrico”:
Adrián suele tomar su sitio en la fila que se hace todos los días para acceder; una formación que se va extendiendo a pesar del sol, frío o lluvia desde por lo menos las tres de la tarde. En ella se muestran aspectos diversos: algunos llevan grandes bultos que cargan en hombros o en “diablitos”, o bien, un portafolio, una bolsa de plástico, un costal o una mochila; otros nada. Se viste un traje un tanto desgastado o ropa ordinaria.Aislada por un enorme mostrador de madera hacia el que se dirige la fila, una trabajadora social rastrea en un numeroso listado el nombre de cada usuario para asentar que dormirá ese día en el lugar; establece así un breve diálogo repetitivo: “¿número de registro? [...]¿nombre? [...]”.Pocos pasos adelante, oficiales miembros de la “policía auxiliar” asignados a permanecer como grupo de seguridad en el lugar, revisan a cada usuario hurgando entre sus cosas y ropas; buscan cigarros, cerillos, u "objetos punzo cortantes", que dado el caso son confiscados con la consigna de que el usuario podrá reclamarlos al salir, aunque no existe un procedimiento para su devolución. A su turno, Adrián levanta las manos y responde “no traigo nada jefe”; pero sólo después de revisarlo le permiten pasar.Ya en el interior, Adrián no avanzará mucho pues es detenido por una nueva fila en la que debe formarse ahora para guardar la bolsa de plástico que lleva en la mano; ahí deberá referir nuevamente su “número de registro” y nombre. Ocasionalmente después de este momento Adrián hace un recorrido por los pasillos y patio: topa con sujetos como maniquíes recargados a los muros; un cuerpo como de trapo sobre el piso; hombres a la mitad en sillas de ruedas; una banca larga llena de ancianos que siguen con la mirada el movimiento de los que pasan; el sonido de una silla metálica que es arrastrada como andadera por alguien que con dificultad coordina el movimiento de un paso al otro. Adrián va preguntando por “alguna señorita de trabajo social” para pedir que le autorice recibir del responsable en lavandería algo de ropa para poder bañarse, en ese caso ella debe firmarle un vale escrito a mano en un pedazo de papel de reuso, aunque siempre es difícil que Adrián, como todos, consiga algo.
El recorrido lo traslada de regreso al mismo pasillo por el que entró al llegar; busca su sitio en una tercera fila que le llevará a lo menos hasta pasadas las ocho de la noche en espera. A lo largo de ella pueden escucharse los más diversos temas de charla; Adrián sólo se sienta en el piso recargado a la pared, encoge las piernas para envolverlas con sus brazos, por momentos clava y saca la cara del hueco que se forma entre su pecho y rodillas. Un empleado reparte en la fila boletos numerados para ser canjeados a su turno en el comedor por una cena. Todos esperan a que la enfermera en turno y algunos usuarios que la ayudan distribuyan alimentos al grupo de “no transitorios” (personas que por su condición de salud o por su edad permanecen siempre dentro del lugar, ya que en su mayoría no deambulan o lo hacen con dificultad; además de ancianos u otros extraviados que presentan algún impedimento, a veces idiomático, pérdida de la memoria, pacientes dados de alta por algún hospital y otros más que les impide referir datos que los identifiquen), sólo después los que persisten formados pasan a cenar; la tardanza hace que algunos desistan y que otros lleven lo propio; muchos optan siempre por ir directamente a los dormitorios, lo cual sin embargo no los libra de formarse en ese caso para que les sea asignado un lugar para dormir. Cuando por fin Adrián recibe su ración, busca en el comedor un lugar frente al televisor que los reunidos allí y alrededores observan: hacen comentarios, se ríen al unísono, arremeten contra quien quede de pie obstruyendo la visión, o contra quien molesto porque no le han querido servir un poco más en su cena, discute con las cocineras.
Conforme la fila de personas que continúan afuera ingresando al Centro se diluye, y conforme transcurren las horas volviendo a conformarse por varias ocasiones, las trabajadoras sociales interrumpen momentáneamente el registro de ingresos; en esos momentos realizan breves entrevistas a aquellos que llegan por vez primera; algunas atienden las últimas tareas de su jornada de trabajo y lo mismo que los demás empleados del turno, comienzan a preparar el retorno a sus hogares. Entre las 20:00 y 21:00 hrs. se realiza el cambio del personal de los turnos vespertino a nocturno.Mas noche, poco a poco los dormitorios van quedando llenos, a veces (sobre todo en temporadas de invierno o lluvia) ello ocurre desde muy temprano. Los colchones que como última opción van tendiéndose en el piso comienzan entonces a impedir el libre paso por los corredores. En busca de soportar un poco más el frío, algunos se refugian bajo las camas provocando que el panorama de hacinamiento sea aún mayor. Sólo después de la una o dos de la mañana puede percibirse una dinámica un tanto menos intensa; se escuchan los respiros de los que duermen, se percibe en dormitorios y pasillos el olor de ropa sucia y húmeda. Los empleados en turno se reúnen en alguna de las oficinas o en la cocina para compartir alimentos o tomar un café, mientras charlan o bromean tratando de aligerar el peso de la noche, que igualmente se complica para ellos con el clima. A esas horas las personas en turno encargadas de las labores de cocina preparan el desayuno y ciertas provisiones para la comida que el siguiente turno usará.Más o menos por las dos de la mañana o antes, suele llegar personal de otro programa del gobierno llamado Atención Social Emergente (nombrado coloquialmente como “Captación”), cuya tarea es realizar recorridos nocturnos en camionetas tipo ambulancia por varios puntos de la ciudad y en esa manera “captar” a personas que deambulan o pernoctan en la calle; entre los “captados” se encuentran algunos usuarios de éste centro, o bien, ancianos y personas recientemente extraviadas. Así, el momento más apacible en el lugar, se disuelve, frecuentemente además porque algún enfermo debe ser trasladado con urgencia a un hospital, o por que algún otro usuario es sorprendido “in fraganti” contraviniendo las “normas internas”, ya sea robando los zapatos o cualquier objeto a otro, inhalando algún solvente o cocaína, bebiendo alcohol, o fumando tabaco o marihuana en los dormitorios.
Para muchos el día parece no terminar cuando para otros empieza. A las cinco de la mañana se reinicia un movimiento más intenso por los pasillos en sentido inverso, ahora de los dormitorios al comedor buscando un café y pan, del comedor al “guarda pertenencias” para recoger sus cosas y así emprender diarios recorridos planeados o no por las calles de la ciudad. La mayoría no pasa desapercibido un pequeño altar poco antes de salir, ahí se advierten: una imagen de la virgen de Guadalupe y una pequeña efigie de San Judas Tadeo, flores artificiales y varias veladoras que “por disposición” se encuentran siempre apagadas. Durante mi estancia en el lugar por más de dos años Don Ángel fue invariablemente el primero en salir, lo apresuraba la larga caminata de rebusque en montones de basura que le exigía su trabajo de “chacharero”, aunque sobre todo se apresuraba a sí mismo, sabedor a su edad de indiscutibles augurios como que “al que madruga, dios lo ayuda”.
Entre las 7:00 y 8:00 de la mañana, en contra flujo a los últimos usuarios en salir, los empleados del turno matutino ingresan apresurados para no rebasar el límite de tolerancia al retardo. Entre sus primeras tareas, una brigada de trabajadoras sociales y una escolta de vigilantes realizan un último recorrido para asegurarse de que han salido ya todos aquellos que no son considerados como “no transitorios” (a regañadientes de esta brigada, suelen salir aún algunos otros usuarios). Por esa hora, los “no transitorios” son bañados y trasladados al comedor por la enfermera y otros usuarios a los que se llama “apoyos”. La espera para los “no transitorios” en el comedor es larga, al no poder desplazarse por cuenta propia, la mayoría debe permanecer allí hasta que les es servido el desayuno; la enfermera en turno y los usuarios que la auxilian también se encargan de esa tarea. Al terminar su desayuno, son llevados al patio, sitio en el que la mayoría permanece largos ratos sin que alguien les preste atención hasta la hora de la comida, cuando la espera en el comedor se repite. Distinto es el caso de quienes en el transcurso del día serán trasladados de regreso a su hogar, o bien a algún hospital. Sólo algunas veces (no muy frecuentes por cierto) la institución organiza paseos a lugares cercanos de la ciudad.La actividad en el llamado “Centro de día” ocupa sólo algo del tiempo entre el desayuno y la comida: se organizan discusiones, partidos de fútbol, lecturas y más actividades del tipo a cargo de un grupo de psicologas; en estas actividades coinciden principalmente usuarios que vuelven a ingresar después que el personal de intendencia en turno ha concluido las labores de aseo en los pasillos y patio. Para ellos regresar a las once del día a tomar parte en estas actividades es requisito para acceder a una comida (el procedimiento de ingreso es el mismo al anterior ya descrito); también, ocasionalmente y de manera informal entre la comida y la cena, se instalan en el “Centro de día” el televisor y video para proyectar alguna película de cartelera (normalmente pirata y patrocinada por alguno de los usuarios).
El cambio de personal de los turnos matutino a vespertino coincide afuera con los primeros en la fila que esperarán a entrar; una mayoría que diariamente regresa al lugar, como lo hacía entonces Adrián.
El carácter descriptivo en torno de esta serie de elementos que constituyen el paisaje y desarrollo cotidiano de las interacciones en el lugar como evidencias claramente perceptibles del ordenamiento cultural que ya al interior del Centro “Plaza del Estudiante” se instituye a modo de acontecer cotidiano, tiene por objeto destacar en este acercamiento la configuración perceptiva que se impone a los actores (usuarios y empleados) acerca de sí mismos y de los demás, materializada en un orden latente que le reitera mediante aspectos del espacio, del manejo del tiempo y de los recursos materiales y que actúa reduciendo la pluralidad y limitando la agencia en las interacciones, pues los sujetos quedan nulificados por un mecanicismo -como se observa- similar al industrial en el que la administración de situaciones que implican personas se prefigura como si se tratara de objetos, y que aquí se pretende exponer como muestra de un contexto fundamental a la manifestación de los síntomas de tensión y conflicto propios de la experiencia de alteridad que resulta en un medio en el que las ideas del orden y el desorden se formulan en un manejo monológico del poder.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario